La obesidad se ha consolidado como una de las principales amenazas para la salud pública a nivel mundial. Su prevalencia continúa aumentando tanto en países industrializados como en países de renta media y baja, con cifras alarmantes en adultos. Esta realidad clínica no es trivial: la obesidad se asocia a un mayor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular, determinados tipos de cáncer, deterioro cognitivo, demencia y muerte prematura.
Desde la nutrición clínica sabemos que la obesidad es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, determinada por la interacción entre biología, entorno, conducta, contexto socioeconómico y factores psicológicos. Por ello, su tratamiento rara vez es simple o definitivo.
En este escenario han cobrado gran protagonismo los medicamentos para el control del peso, en particular los agonistas del receptor del GLP-1, que han sido presentados con frecuencia como una solución altamente eficaz. Sin embargo, la evidencia científica más reciente invita a una reflexión más prudente y matizada.
Qué son los agonistas del receptor GLP-1
Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) son fármacos que imitan la acción de una hormona intestinal liberada tras la ingesta de alimentos. A nivel fisiológico:
- Aumentan la secreción de insulina dependiente de glucosa
- Reducen la secreción de glucagón
- Retrasan el vaciado gástrico
- Incrementan la sensación de saciedad
- Disminuyen el apetito
Como consecuencia, muchas personas reducen de forma espontánea la ingesta energética, lo que facilita una pérdida de peso clínicamente significativa.
Estos fármacos se desarrollaron inicialmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2 y, con el tiempo, demostraron beneficios adicionales sobre el peso corporal y el riesgo cardiovascular.
Desde cuándo se utilizan y para quién están indicados
Los agonistas del receptor GLP-1 se utilizan en práctica clínica desde hace casi dos décadas en el contexto de la diabetes. Su uso específico para la obesidad se ha consolidado en los últimos años, con formulaciones y dosis adaptadas a este objetivo.
Actualmente están indicados en:
- Personas con índice de masa corporal ≥30 kg/m², o
- Personas con IMC ≥27 kg/m² que presentan comorbilidades relacionadas con el exceso de peso
Su prescripción debe realizarse siempre dentro de un abordaje médico integral, y no como intervención aislada ni con fines exclusivamente estéticos.
Lo que nos dice la evidencia más reciente
Los ensayos clínicos han demostrado que estos fármacos permiten, de media, una pérdida de peso moderada pero clínicamente relevante. Sin embargo, según un metaanálisis publicado en la revista The BMJ el pasado 07 de enero, los resultados a largo plazo requieren una lectura crítica.
Los datos muestran que, tras varios meses de tratamiento, la interrupción del fármaco se asocia a una recuperación progresiva del peso corporal. De hecho, el aumento de peso tras la retirada es suficientemente constante como para que, en muchos casos, el peso vuelva a valores cercanos a los iniciales en un plazo relativamente corto.
Desde un punto de vista fisiológico, este fenómeno no resulta inesperado: al retirar el fármaco desaparece su efecto sobre la regulación del apetito y la saciedad, mientras que los mecanismos biológicos de defensa del peso corporal vuelven a activarse.
Por qué muchas personas abandonan el tratamiento
La evidencia observacional y la experiencia clínica coinciden en que una proporción considerable de personas interrumpe el tratamiento durante el primer año. Entre los motivos más frecuentes se encuentran:
- El elevado coste económico
- Los efectos secundarios gastrointestinales
- La fatiga asociada al tratamiento crónico
- El rechazo a la vía inyectable
- Expectativas poco realistas sobre resultados permanentes
Todo ello refuerza la idea de que estos fármacos no pueden considerarse una solución definitiva para la obesidad.
¿Tiene sentido perder peso si luego se recupera?
Una de las reflexiones más relevantes derivadas de la evidencia científica es que una pérdida de peso significativa, incluso si no se mantiene completamente en el tiempo, puede aportar beneficios metabólicos duraderos en personas con obesidad.
Diversos estudios han mostrado que reducciones moderadas del peso corporal disminuyen el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y mejoran parámetros metabólicos, aun cuando parte del peso se recupere posteriormente.
No obstante, este beneficio no es universal. En personas con índice de masa corporal normal, la pérdida de peso intencional se ha asociado a un mayor riesgo metabólico, probablemente debido a una mayor pérdida de masa magra y a una recuperación de peso caracterizada por un aumento desproporcionado de la masa grasa.
Cómo optimizar el uso de estos fármacos
Desde una perspectiva nutricional basada en la evidencia, los agonistas del receptor GLP-1 deberían utilizarse:
- Como complemento, nunca como sustituto, de la intervención dietética y del cambio de estilo de vida
- Integrados en un plan nutricional que priorice:
- Un adecuado aporte proteico
- La preservación de la masa muscular
- La calidad de la dieta, más allá de la restricción calórica
- Acompañados de ejercicio físico, especialmente entrenamiento de fuerza
- Con educación nutricional desde el inicio del tratamiento
El objetivo no debe ser únicamente la pérdida de peso, sino la mejora de la salud metabólica y funcional.
Cómo reducir el riesgo de recuperar el peso
Evitar la recuperación de peso tras la retirada del tratamiento farmacológico sigue siendo uno de los grandes retos. Algunas estrategias respaldadas por la evidencia incluyen:
- Construir hábitos sostenibles mientras el fármaco está activo
- Evitar dietas excesivamente restrictivas
- Proteger la masa muscular
- Mantener seguimiento nutricional tras la suspensión
- Asumir que la obesidad es una enfermedad crónica, con posibles recaídas
La retirada del fármaco debería entenderse como una transición planificada, no como el final del tratamiento.
Conclusión: herramientas útiles, no soluciones milagro
Los agonistas del receptor GLP-1 no son una cura mágica para la obesidad, pero sí pueden ser herramientas valiosas en personas bien seleccionadas y dentro de un enfoque terapéutico integral.
La base del tratamiento sigue siendo una alimentación saludable, un estilo de vida activo y políticas de salud pública que faciliten elecciones saludables, como el etiquetado claro de los alimentos, el acceso económico a productos frescos, entre otras.
Como profesionales de la nutrición, nuestro papel es acompañar, educar y contextualizar, recordando que el verdadero éxito no es solo perder peso, sino ganar salud a largo plazo.

